Chamanes y magia (Parte I)

Chamán, según el diccionario de la Real Academia Española, es un hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar, invocar a los espíritus, etc.

El trance chamánico implica la entrada a un grado superior de la conciencia, a un estado de alteración. Durante el trance el alma del chamán viaja anulando las barreras entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo interno y lo externo. El pensamiento racional queda anulado por corrientes muy fuertes de la memoria emocional y del inconsciente, el pensamiento racional cede su lugar al espíritu primitivo transmitido por generaciones y generaciones a través de las culturas particulares y que construyen un inconsciente colectivo pero, que sólo a algunos elegidos les es dado manifestarlo.

Entonces el chamán se comunica con los espíritus de la naturaleza o del cosmos. Realiza esta metamorfosis con una energía tan poderosa que puede transformar la realidad. De este modo cura o hace daño, comunica realidades místicas o adivina acontecimientos futuros.

En América precolombina no hubo etnia que no tuviese su chamán. Los ancianos suelen tener, aún en la actualidad, un recetario mágico oculto, que transmiten a aquellos que consideran sus sucesores y que les fue transmitido a su vez, por sus antecesores y así sucesivamente desde hace miles de años.

Cada tribu tiene sus dioses, demonios y hechizos para conjurarlos. Los Araucanos, pueblo originario de la zona central chilena y que poblaron también la patagonia argentina, creen en un Dios supremo llamado Nguenechén. Cuando alguien infringe las normas dictadas por este Dios creador, emergen los “gualichos”, demonios que traen pestes, enfermedades y muerte a quienes abandonan el camino trazado por los ritos y costumbres propios de la tribu.

Los Machís o sacerdotes interceden para destrabar los hechizos y maldiciones de los gualichos realizando sacrificios y ofrendas.

Los antiguos indios Pampas (hoy prácticamente desaparecidos) también creían en un Dios supremo llamado Chao y en los gualichos o demonios maléficos. A estos demonios también les temían los Charrúas que ocupaban las tierras del actual Uruguay.

Los Guaraníes, amerindios que se extendían desde el Amazonas hasta el Río de la Plata, por su parte, respetaban a los Porá, una especie de duendes verdaderamente malignos, capaces de cualquier desastre y pedían ayuda a su Dios supremo, Ñanderú.

En todos los casos, el Dios Creador benéfico abandona a los miembros de la tribu que no van por el camino correcto y que quedan a merced de los demonios.

Pero, como el hombre es un ser falible, muchos transgresores piden ayuda a chamanes quienes recurren a recetas milenarias para conjurar el mal.

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