El aquelarre: el ahorcado y la niña de la ventana

Coven

Linda sabía que lo que acababa de ocurrir sobrepasaba los límites de lo natural. Toda la familia se encontró mirándose los unos a los otros, casi sin moverse, sólo intentando asimilar el momento. Fuera lo que fuese que estaba encerrado en esa cabaña, ahora había sido liberado.

Linda no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido: la piedra, la bola de aire que empujó a todos y que hasta a ella la lanzó contra la puerta de la casa. Ya estaban todos acostados mientras Linda aún paseaba por la casa intentando poner su cabeza en orden. La noche también era uno de los refugios de Linda. Era durante la noche que esa familia tan numerosa dejaba lugar al silencio y a la tranquilidad. Por eso siempre era Linda la última en acostarse. Estaba justo en la cocina cuando en una de las ventanas vio algo. Estaba a oscuras, así que sólo tuvo que acercarse un poco más a la ventana para ver lo que había al otro lado. Ahora lo veía con claridad: en el árbol que había frente a la casa había un hombre ahorcado. Linda se tapó la boca para no gritar. Fue el mismo terror el que hizo que Linda saliese de la casa para confirmar lo que acababa de ver. Pero al abrir la puerta descubrió que no había nadie colgando de la rama del árbol. Pero Linda estaba segura de lo que acababa de ver. No había sido un flash, o una sombra que diera lugar a confusión. Vio a un hombre ahorcado con toda claridad.

A la mañana siguiente Matt estuvo ayudando a su madre con la limpieza de su casa. Todavía había demasiadas habitaciones vacías que había que acondicionar. Linda, todavía con la imagen fresca del ahorcado la noche anterior, entró en una de las habitaciones y allí encontró algo extraño. Había restos de animales muertos, huesos, patas. Linda agarró todo sin pararse un segundo y lo sacó todo de la casa. Mientras, Matt, limpiando el exterior de la casa se fijó en una de las ventanas de la planta superior. Allí vio a su hermana saludándole. Matt sonrió y le devolvió el saludo. Alguien le preguntó por detrás: “¿A quién saludas?” Era su hermana. Matt volvió a girar la cabeza hacia la ventana y la niña seguía allí, saludándole, pero no era su hermana. Matt fue de una carrera a la habitación donde debía estar esa niña, pero al llegar ya no había nadie. A Matt se le empezó a amontonar todo en la cabeza: la habitación del suicidio cerrada con candado, la puerta de su habitación que se abrió sola, la niña en la ventana… era hora de empezar a buscar respuestas.

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